sábado, 17 de abril de 2010

Historias de Cadiz


No siempre fueron motivo de burla y de cancioncillas patrióticas. Los gaditanos pasaron miedo durante los bombardeos, pese a que se tomaran con humor la mala puntería de los franceses. Pero en el largo asedio de casi dos años hubo momentos para todo. Es verdad que en principio, como recoge Ramón Solís en su famoso libro 'El Cádiz de las Cortes' los gaditanos se rieron de los aparatosos intentos de Nicolas Jean de Dieu Soult por rendir la ciudad con sus bombas. Pero después tomaron conciencia del peligro.
Lo habitual fue que las bombas llegaran al barrio de Santa María, a San Juan de Dios y hasta San Agustín y, por supuesto, al fuerte de Puntales, que fue el que más sufrió. Pero teniendo en cuenta que Extramuros en aquella época apenas estaba poblado, la mayor preocupación se centraba en el casco antiguo.
Sin embargo, para comprender todo lo que pasó en Cádiz, hay que echar la vista unos años atrás, cuando Napoleón le encarga al general Pierre-Antoine conde Dupont de l'Étang que pacifique las insurrecciones en Andalucía. La 'suerte' fue que los franceses prefirieron ir primero a Sevilla, dando tiempo a Cádiz a mejorar sus defensas, sobre todo en Cortadura. Mientras tanto, el general español Alburquerque se entera del paso de los franceses por Sierra Morena y llega a la conclusión de que si ocupan la baja Andalucía, todo estará perdido. Por eso emprende una marcha hacia Cádiz, casi sin descanso. «Era un paupérrimo ejército de 8.000 hombres», cuenta el historiador José Joaquín Rodríguez. Descalzos, hambrientos y sin zapatos llegaron a la Isla de León el 4 de febrero. Al día siguiente, pisándoles los talones, arribaron los franceses al mando del mariscal Víctor. La gente vio la llegada con catalejos, desde las azoteas y a casi todos se les encogió el corazón. Empezaba el asedio.
Al mismo tiempo que llegan al caño de Sancti Petri, el ejército de Napoleón entra en Puerto Real, saqueándolo todo, según relata Gaspar Catalán Fabero en su libro 'Historias fascinantes del Trocadero'. En previsión de que la estancia sería larga, derribaron casas para hacerse sus cuarteles. Encontraron poca resistencia en el Trocadero, pero sí en el castillo de Matagorda, donde les esperaban españoles e ingleses, que aguantaron hasta el 22 de abril. A partir de entonces, los franceses colocaron las baterías en la isla del Trocadero, en la zona más próxima a la Bahía, donde estaba el fuerte de San Luis y en las ruinas del castillo.
Pero lo que el mariscal Víctor no había calculado era la escasa potencia de su artillería. Los bombardeos se prolongaron desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812. El primero sorprende a los gaditanos, que se creían a salvo de los proyectiles. Cunde la alarma hasta que se dan cuenta que la mayoría de las bombas que caen, no explotan. Y es entonces cuando vienen las burlas.
Hubo un largo periodo de tranquilidad, en e que la ciudad pareció acostumbrarse a vivir con el peligro. En verano, incluso, cuentan que el Mentidero se convertía en un gran dormitorio porque los bombardeos eran nocturnos y los que mayor peligro corrían eran los vecinos de Santa María. Además, había que tener en cuenta que no era un sitio convencional: mientras en Cádiz entraban provisiones constantemente por el puerto, los franceses pasaban hambre y frío.
Pero en febrero de 1812, un mes antes de la proclamación de la Constitución, empieza a correrse el rumor de que los franceses han fabricado en Sevilla un mortero «de extraordinario calibre» para alcanzar Cádiz desde la Cabezuela. El 12 de marzo comenzaron a disparar a la medianoche. La ciudad permaneció expectante. Nadie se acostó hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se comprobó que, una vez más, los franceses habían fallado, aunque fue una dura jornada. En los meses siguientes prosiguieron los intentos pero apenas hubo daños y heridos. Y sin embargo, cuando los franceses se marcharon el 25 de agosto, quedó un poso de tristeza en la ciudad. Alcalá Galiano lo explica: el peligro había empezado a ser divertid

jueves, 8 de abril de 2010

El chiste de hoy

PINTOR DE BROCHA GORDA


Un LEPERO llega a una casa y pregunta al dueño si tiene algo para arreglar o reparar, ya que necesita dinero.

El hombre le dice :

- “¿Cuanto me cobras por pintar el porche?”

El lepero responde:

- “¿Que le parecen 100 euros?”

El tipo, muy de acuerdo con el precio, le da la pintura, la escalera, las brochas, etc.

Al rato la esposa del hombre le comenta:

- “¿Sabrá él que tiene que pintar el techo también? ¿Por qué no vas a ver cómo lo está haciendo? Mira que es lepero y hacen muchos chistes sobre ellos.”

El hombre no le presta atención.

Al rato suena el timbre.

Es el lepero que le dice:

- “Terminé con el trabajo y ya limpié las brochas. Como tenía pintura extra le dí dos manos y guardé todo en el garaje.”

El hombre, sorprendido, saca dinero de su bolsillo, paga lo convenido y le agrega 10 euros de propina.

El lepero se lo agradece y al ir retirándose, se da la vuelta y dice:

- ¡Ah! Que sepa que no es un porche... ¡Es un Toyota!”